domingo, 26 de agosto de 2018


            Quántico
Mi angustiante agujero negro
me invita a conocerlo.
¿Es peligroso?
No lo sé, pero me rehúso.
Me hago el distraído
cuando miro al granulado cielo
que me rodea.
Recorro ese envoltorio inquieto
hasta que descubro
que también es poseedor
de agujeros negros.
Micro y macro mundo.
Yo y el cielo.
Una incógnita.
Un espacio que me circunda
mientras sostiene al universo.
Mi tiempo es variable.
No puedo elegir a qué velocidad
ondular mi existencia.
Un continuo movimiento
hace que nos transformemos.
Y vuelta a empezar.
      Saúl Buk   22-08-2018

domingo, 22 de julio de 2018


         Saúl Buk
Pocas letras
Apenas terminé de leerlo,
el tipo me lo exigió.
“Lléveselo, señor”, le dije.
Regresó.
Caminaba sin control.
¿La altura del bar del primer piso
le provocaba vértigo?
“Le faltan letras”, me gritó.
“Bueno, yo lo leí primero”, le dije.
Enarcó sus espesas cejas.
Su puño amenazante deseaba estrellarse
contra mi frágil nariz.
¿“Nunca recibió un diario ya leído”?
¿Señor no sabe que las letras de un periódico
se consumen leyendo?
“Sí, no, pero le faltan letras…”, susurró.
Desconocía las metáforas.
Entonces le expliqué:
“los textos los interpretamos,
agregamos y quitamos”.
Mareado y corto de ideas,
la gruesa cáscara
que envolvía sus huecas neuronas,
cayó sobre la mesa.
                    Saúl Buk  27-06-2018
  





                                                       Saúl Buk
                              Dos muñecas
El tipo desayunaba todos los días en el café del primer piso; igual que yo. Eso no me daba motivos de preocupación, lo que sí me molestó, esa mañana, fue que me miraba en forma insistente mientras sostenía sobre sus muslos un par de guantes de box. Después de cada sorbito de café, mis ojos recibían la orden de espiarlo.Esperó a que terminara de leer el diario o tal vez a que leyera la última página. Se levantó de su silla con los puños cerrados y chocándolos entre sí. Me pidió el diario. Se lo di, pero al rato regresó dando pequeños saltos. Tambaleante, ubicó su cara frente a la mía. Podía oler su aliento. Sin preámbulo me dijo que le faltaban letras al periódico. Entonces me pregunté si no era a el a quien le faltaba algo. Tardé un buen rato en explicarle, con mi mejor sonrisa, que el primero que lo lee le va quitando algunas vocales o una que otra consonante. No lo entendió o no quiso captar la metáfora.
El rostro que me ofrecía estaba encendido, un tomate frito en cada pómulo. Calor y rubor  competían en forma armónica. Intenté suavizar su estado de ánimo colocando mi mano sobre su hombro.
  Señor, debería saber, que según como leamos el periódico le vamos quitando contenido al texto le dije.
No le quise aclarar que a veces le agregamos. Lo iba a complicar más todavía. El tipo seguía sin entender. Alzó su puño derecho, con el cual me amenazó. El pobre camaleón ahora estaba palideciendo y sus ojos perdieron su parte oscura. Una lechada de cal  los cubría. Su testa cayó sobre la mesa. Mi café no soportó el impacto y se distribuyó irregularmente. Una parte sobre  la mesa y otra en el piso. Yo veía una obra de arte. Un damero compuesto por el blanco de su rostro y el negro del café. Me agradaba la composición.
Lo esperé a que reaccionara. Estaba hecho un ovillo. Lentamente levantó su cabeza, acomodó su mirada lo mejor que pudo, mientras toda su osamenta se enderezaba. Resucitó. Inclinó levemente su peluca, que arrastraba todo lo que había quedado sobre su cuello.
Gracias, señor me dijo.
No sé que me quiere decir le respondí.
Usted deberá comprender que el haberme alejado de mi terrible situación, es para agradecer.
Sigo sin entenderlo.
Señor, voy a confesar: soy boxeador y abogado.
Bueno, lo felicito.
Ese no es el problema. La cuestión es que mi esposa se quiere separar.
Le ocurre a muchos le dije.
Si, pero ella quiere divorciarse del boxeador. Mi mujer pertenece a una familia de la alta sociedad.
Me planteaba una situación que yo no podía resolver.
¿Consultó con otro abogado? me animé a preguntarle, mientras secaba la mesa con una servilleta.
No, lo hice con otro boxeador, es más económico. Soy del gremio y conozco el paño.
¿Qué le dijo?
Que aplique en la frágil nariz de mi esposa, todo lo que había aprendido boxeando.
 − Le dije que eso era ilegal, pero si encontraba a alguien que la sustituyera, eso calmaría mis nervios. Lo encontré cuando usted me explicó lo del diario. Me imaginé que usted era ella y lo iba a golpear, pero el abogado que tengo en mi interior prevaleció y me detuvo. Me desaconsejó a que tomara esa actitud violenta. Fue una gran frustración para mí como   boxeador.
− ¿Entonces?
  Supongo que ese fue el instante en el que me desmayé.
Su defensa, aunque breve, no carecía de cierta lógica.
− ¿Ahora qué va a hacer señor o… doctor? En realidad no sé cómo llamarlo.
 Su paciencia me inspira− me dijo. Creo que tengo la solución. Voy a llamar a mi amante, ella adora a los púgiles, los frecuenta a todos.
− ¿Y luego?
− Luego me entregaré de cuerpo y alma, totalmente esposado, a mis dos muñecas.
− En mis dos muñecas− le corregí.
− No señor, para María el abogado  y para Inés el boxeador. ¿No le parece?
− Sí, señor juez− le dije.
Aceptó la adulación. Me devolvió el diario, ya no lo necesitaba.

                       Saúl Buk 05-07-2018
                       Derechos reservados




Saúl Buk
               Encierro
 Por esa carta que me enviaste,
( mis manos nunca la habían palpado)
fui hasta el buzón de la esquina.
El maldito se erguía frenético
 y rojo de ira me gritaba:
“el único mensaje
que yace en mi piso,
es el tuyo”.
Abrió su boca negra.
Creí que bostezaba.
Sin embargo me invitó a pasar.
En su oscuro interior, pude leerla.
El fondo como un imán me atraía.
Nadie me había develado
que fui mi propio traidor.
Ahora que lo sé,
deseo salir del encierro,
quiero y no puedo.
       Saúl Buk  20-07-2018
    Derechos reservados




Saúl Buk
               Encierro
 Por esa carta que me enviaste,
( mis manos nunca la habían palpado)
fui hasta el buzón de la esquina.
El maldito se erguía frenético
 y rojo de ira me gritaba:
“el único mensaje
que yace en mi piso,
es el tuyo”.
Abrió su boca negra.
Creí que bostezaba.
Sin embargo me invitó a pasar.
En su oscuro interior, pude leerla.
El fondo como un imán me atraía.
Nadie me había develado
que fui mi propio traidor.
Ahora que lo sé,
deseo salir del encierro,
quiero y no puedo.
       Saúl Buk  20-07-2018
    Derechos reservados



lunes, 18 de junio de 2018


Saúl Buk
“Un comienzo”
Capitulo 15
¡Vaya!, ¡Vaya!, repetía yo mientras me retiraba del tribunal. Yo iba y sabía adónde. De pronto me acostaron. Quedé nuevamente en posición horizontal. Esperaba a Venus y a Adán como quien espera nacer nuevamente. Mi espera era mi propio parto. Los vi venir y estaba tan emocionado que no hilvanaba un pensamiento. No encontraba las palabras justas con las que los iba a recibir.
Hola, deténganse que volvemos a la tierra fue todo lo que se me ocurrió decir.
Venus sonrió. Lo miró a Adán satisfecha. Lo besó en la frente y repitió:
Volvemos Adán.
¿  d nd m m ?
A la tierra Adán.
Adán no entendía que es lo que estaba ocurriendo. Desconocía el término tierra.
Ya te lo explicaremos, hijo. ¿Cómo seguimos, Ángel?
Tengo algunas dudas. Desconozco el camino de regreso. Voy a consultar con ángeles amigos.
Me dijeron que lo único que tenía que hacer es decir en voz alta, cuál era mi necesidad en ese momento. Lo hice y entonces descubrí que cuando alguien necesita ayuda en el cielo, resuenan parlantes que son oídos por todos y concurren los más indicados a colaborar.
Dos ángeles se acercaron.
Diríjanse a Cabildo y Juramento del cielo. ¿Les suena?
¿Cómo voy a reconocer el lugar?− le pregunté al más cercano.
− El viento te conducirá hasta el tornado que está ubicado en esa esquina.
Le transmití esa información a mi familia. ¡Qué orgullo sentí cuando pensé en “familia”! Soplaba el aire cada vez más fuerte, hasta que vimos un cilindro vertical rotando a toda velocidad. Nos acercamos. Tres ángeles se ocuparon de nosotros y lo hacían de a uno por persona. Cumplían, según luego me dijeron, con órdenes que habían recibido. Fue muy fácil nuestra introducción en el tornado. Por el tacto percibimos que en el interior de la misma habían colocado tres sillas. Íbamos a ser conducidos en un túnel del tiempo, pero a la inversa del habitual. Ellos mismos nos sujetaron con correas.
− ¿Están listos?− preguntaron.
No tuvimos reacción, ni respuesta. Estábamos sorprendidos. Comenzamos un lento descenso que luego se fue acelerando. Notamos que a medida que avanzábamos, nos íbamos cubriendo sin quererlo, con ropas adecuadas a una ciudad. No se veía a nadie. Tampoco conversábamos. Poco tiempo transcurrió hasta que desapareció el tornado. Nos encontramos parados sobre el asfalto, justo en el centro de Cabildo y Juramento. Rodeados de autos y colectivos. La gente pasaba a nuestro lado sin dirigirnos la mirada. No los sorprendíamos. Venus me abrazó sin soltar a Adán. Estrechó todo su cuerpo contra el mío, apretándolo con todas sus fuerzas. Tuve una extraña sensación que nunca había percibido.
− Ahora sos un hombre− me dijo, esbozando una pícara sonrisa y mirando el centro de mi figura.
Seguí su mirada y noté que había conseguido lo que tanto deseaba. Ahora nuestras noches de amor serían completas. Envolví con mis brazos a Venus y a Adán.
− Pisemos el umbral del café del primer piso, nuestro café, dijo Venus.
 Adán no salía de su asombro. Sus ojos se expresaban como los de Venus cuando algo la sorprendía. Caminamos entre la gente hasta llegar a la puerta del café. Por supuesto que la tía invisible nos estaba esperando. (¿Alguien le habrá pasado el dato de nuestro arribo?).
− ¿Qué tal, regresaron bien?
− Sí, gracias, le respondí.
− Lo hicieron todo muy rápido, me dijo.
− No sé cuánto tiempo transcurrió.
− ¿Con quién hablas, Ángel?− me preguntó Venus.
− No, con nadie, estaba pensando en voz alta.
Caminamos los tres hasta nuestro edificio. Le tocamos el timbre a doña Rosa para pedirle las llaves de nuestro departamento. Por suerte estaba en su casa. Apareció con sus infaltables ruleros y su delantal de cocina, esta vez manchado de harina, de aceite y vaya a saber uno de qué otras cosas. Un abstracto perfecto.
− Se fueron por muy poco tiempo− nos dijo.
− No tenemos idea− dijo Venus.
− Ya empezamos con las gracias. Si uno se va sabe perfectamente cuánto tiempo estuvo afuera. ¿Quién es el niño?
− Nuestro hijo Adán. Se acuerda doña Rosa que yo estaba embarazada.
− Sí, me acuerdo señora, pero no me tome por tonta. Este chico tiene la altura de una personita de seis años y ustedes se fueron hace cuatro días.
− Bueno, allí las cosas son así− le dije.
− ¿Allí, donde Ángel?
− En el cielo.
− ¿Me quiere convencer que fueron al cielo y volvieron?
− Así es− le dije.
−Dejemos los chistes para después, soy una mujer grande. Pasen.
− Gracias− dijo Venus.
− ¡Ah, Ángel!, un vecino me preguntó cuál era su apellido, porque sinceramente, los veía raros y si habría que hacer alguna denuncia policial, sería necesario.
− Ahora me llamo Ángel Homo Sapiens.
− ¿Dos apellidos? No sabía que era de alcurnia.
Ingresamos a nuestro departamento. Estaba como lo habíamos dejado, aunque se notaba que alguna mano lo mantuvo limpio y ordenado.
Lo sentamos a Adán frente al televisor para que mejore su español y la invité a la tía de Venus a que se retire. Más adelante seguiríamos conversando.
Mientras Venus se comunicaba con la redacción del diario, yo trataba de conseguir un instituto donde estudiar periodismo.
Teníamos muchos planes…
                                                     Saúl Buk   18-06-2018


jueves, 7 de junio de 2018


Saúl Buk
“Un comienzo”
Capítulo 14.
El tribunal celestial estaba ubicado en un lugar que era lo más parecido a un desierto de oxígeno. Su único espejismo era un ángel superior en posición vertical, que oficiaba de juez. Se distinguía por ser  el único sector del cielo en el cual los habitantes (fijos u ocasionales), estaban en esa posición. Todavía no sé por qué extraña fuerza yo también quedé con los pies apoyados en el aire. Me sentí inestable física y mentalmente. Estábamos uno frente al otro, cuando comencé a escuchar una suave música que me hacía recordar a “Pompas y circunstancias”.
¿S , q e l  tr   p r  c ? me dijo.
Señor Juezángel, le aclaro antes de comenzar, que le voy a hablar en el idioma de los terrestres, ya que no quiero olvidarme de sus hermosos vocablos.
Bien, le contestaré en ese idioma. Lo aprendí en una misión que tuve que realizar en un hospital de humanos. Sí, que lo trae por acá, es lo que le pregunté.
Gracias, su señoría. He conversado con Venus y  quiere regresar a sus terruños. le dije muy satisfecho.
¿Quién es Venus? me preguntó.
Mi esposa le dije orgulloso.
Los ángeles no tenemos esposa replicó sin mirarme.
Pero, tal vez usted no recuerde. En su oportunidad, yo aterricé con su consentimiento. Allí la conocí y tenemos un hijo al que llamamos Adán.
Recuerdo, usted es el ángel rebelde que quería procrear. ¿Cuál es el trámite que desea realizar ahora?
S ñ r juez, sé que hay un apartado especial en las eternas leyes del cielo, dedicado a los ángeles que desean ir a vivir a la tierra.
Es una excepción y como tal debemos tratarla.
Me preocupa su respuesta, S ñ r juez.
Estoy seguro que tiene la información de que al segundo descenso al planeta terráqueo, el ángel pasa a ser sexuado, como un humano común y no puede volver al cielo. Es casi una condena.
Lo sé y estoy dispuesto a correr ese riesgo porque la amo profundamente.
El magistrado ordenó un cuarto intermedio. Tenía que discutir el caso con los integrantes de la corte que estaban ausentes. A mí me citó para “después” ya que el tiempo no existe en el mundo angelical. Mientras, yo esperaba en ese ambiente tan despojado y diferente al que ya me había acostumbrado en el barrio de Belgrano. Me sentía presionado cuando pensaba en el cuestionamiento que me había hecho Venus. Su pregunta se repetía sin cesar  en mi mente: “¿Qué ocurriría si el tribunal fallaba en contra y yo me tendría que quedar en el cielo?”
Era como el picotear de un pájaro carpintero en el tronco del árbol.
De reojo veía pasar a Venus y a Adán. Ella lo sostenía con ambas manos y él permanecía afirmado al pecho de su madre que parecía tener miedo a que la despojaran de su crío.
Y el “después” llegó con una pregunta inesperada:
¿Consultó con su esposa si ella no desearía convertirse en un ángel?
No, no lo hice.
¿Por qué no lo intenta y seguimos?
Esa no era la respuesta que yo anhelaba, pero sabía que hay reglas que respetar. Me retiré y fui a esperar el paso de Venus con el niño. Ni bien los vi me acoplé a ellos. Los tres juntos me hacían fuerte.
¿Qué te dijo? Me preguntó Venus.
Me pidió que te consulte si no querés ser un ángel.
Lo aceptaría, pero aquí no hay periódicos y no quisiera abandonar mi profesión.
De acuerdo, se lo voy a transmitir al juez le contesté sin agregar argumentos.
Antes de regresar observé a mi hijo y vi como había crecido. Sin el tiempo como condicionante, él se desarrollaba a una velocidad diferente. Los dejé que siguieran con su rutina.
Grande fue mi sorpresa al regresar al tribunal. Me impactó ver al juez, dos ángeles y una figura más. Yo no lo podía creer. ¿Estaría alucinando? (Me vinieron a la mente las figuras de Francis Bacon). Era la tía de Venus, la invisible, esta vez sin el gorrito verde. La saludé con un gesto, pero no me contestó. Me extrañó que no respondiera a mi saludo. Luego recordé que existe una teoría que dice que lo que está abajo, también está arriba. Entonces entendí que ella sería una doble de la tía y no tenía por qué conocerme.
El juez me dijo que había conversado con los otros miembros del Tribunal Celestial y que acataría la decisión de ellos. El no votaba. Nuevamente pasaron a deliberar. Lo hicieron sin moverse del lugar, simplemente desaparecieron. Cuando los pude ver estaban los cuatro alineados, mirándome. Eso sí, todos de pié.
− La votación se hará con su presencia, Ángel− me dijo el juez.
− Que D  s me ayude− le dije, invocando al supremo.
El juezángel se dirigió a los tres integrantes del tribunal y les dio instrucciones precisas: si la respuesta era afirmativa, es decir que yo me pudiera ir, ellos debían bajar la cabeza. En caso contrario debían mantenerse con la testa erguida. Al primer miembro se le cayó el maxilar inferior arrastrando su calota en voto afirmativo. El segundo quedó petrificado (parecía un “moái”. Voto negativo absoluto. Yo estaba parado, pero en punta de pies y temblando. La “tía” me guiñó un ojo y agachó la cabeza. Tomé conciencia del fallo. Apoyé toda la planta de mis pies…en el aire. La rigidez de todo mi cuerpo no me permitía agradecer. Ellos se dieron cuenta de lo que me estaba ocurriendo.
− Vaya Ángel, vaya, que Venus tiene los ojos inundados de amor hacia usted y su hijo.
                     Saúl Buk   06-06-2018